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Obsceno, vulgar, desconectado
   
Las reacciones ya eran de indignación cuando se supo lo que iba a suceder con Javier Milei en Mar del Plata, no tanto por la juntada partidaria organizada por uno de sus más radicales agentes de prensa, sino por la aparición en el escenario de la imitadora Fátima Flores, nuevamente devenida en la "novia".

Ya en el festival de Jesús María, el 16 de Enero, en una poco creíble invitación "espontánea" del Chaqueño Palavecino para que Milei "se anime" a cantar, había provocado el desagrado de muchos asistentes y televidentes. Las razones eran obvias: Milei había cuestionado duramente a estos festivales en los que el Estado gasta cifras millonarias, nadie fue al anfiteatro "José Hernández" a escuchar sus berreos y, finalmente, era inadecuada su presencia festiva ahí, mientras miles de hectáreas de bosques se incendiaban desde el 5 de Enero en la Patagonia sin que él tomara alguna medida concreta o expresara algo al respecto.

Ocurrida la participación del presidente el 27 de Enero en el teatro Roxy de la "Ciudad Feliz", con una fortísima puesta de seguridad oficial, la opinión mayoritaria en las redes sociales y en diálogos entre personas corrientes, coincide en el mal gusto de Milei y la pretendida comediante otra vez a los besos desenfrenados, la escasa credibilidad de esa supuesta relación y, principalmente, por lo indignante de que haya estado cantando (con ensayos incluidos) sin referirse nunca a los desastrosos incendios en el sur, a donde muchos con buena fe imaginaron que debió ir.

Los argentinos, valga decirlo, ya han estado en situaciones como ésta. Presidentes y funcionarios de alto rango, han coqueteado con estrellas del deporte, de la música, del espectáculo, mientras muchos aspectos complejos de los ciudadanos eran desatendidos o boicoteados.

Carlos Menem jugando al básquet, bailando con una odalisca en la televisión o pavoneándose con The Rolling Stone, Madonna, Claudia Schiffer, Michael Jackson o Xuxa mientras la industria nacional era destruida y los ferrocarriles abandonados; Alberto Fernández tocando la guitarra y cantando mientras avanzaba con la ley para hacer abortos a demanda y el país se caía a pedazos; Cristina Fernández de Kirchner bailando en un escenario al tiempo que una bestial maquinaria de corrupción traicionaba a cada ciudadano en su presente y su futuro; sólo algunas escenas que en nada se diferencian con las desafortunadas acciones recientes de Javier Milei.

La desconexión de la realidad es ofensiva. El desconocimiento de la situación cotidiana de los ciudadanos, las miles de pequeñas empresas que han bajado sus cortinas desde que se inició este gobierno, la pérdida de más de un cuarto de millón de empleos formales, el desprecio a los jubilados y las personas con discapacidad, el rechazo a la obra publica y el deliberado desfinanciamiento de áreas fundamentales (lo referido al combate del fuego hoy es central), son evidencias de que el hombre que se sienta en el sillón presidencial tiene las prioridades equivocadas.

El alineamiento extremo, genuflexo, con el gobierno de Donald Trump, el sionismo y Benjamín Netanyahu, las falsas consignas que hicieron que muchos lo votaran (su oposición al aborto), su caprichosa animosidad para con cualquiera que no le rinda pleitesía, sus volátiles convicciones ("no hago negocios con comunistas", "vamos a cerrar el Banco Central", "los planes son un desastre", "el ajuste lo va a pagar la casta política", "antes de subir un impuesto me corto un brazo", “la deuda pública es inmoral", "el FMI no debería existir", etc.), no son expresiones del kirchnerismo o de la izquierda radical a los que Milei pone detrás de cualquier crítica.

Más allá de Milei, un hombre que jamás dirigió nada y que llegó porque nadie quería más kirchnerismo, la Argentina ha sido mal gobernada desde hace muchas décadas, muchas. Adjudicarle la responsabilidad de los males vividos a un gobernante en especial es, por lo menos, inadecuado.

La clase política, en connivencia con poderes internacionales que jamás descansan en su afán destructivo del país, sus raíces y su desarrollo, son responsables, en más o en menos, de casi todo.

Es evidente que la Argentina está en peligro con políticos sin integridad, capaces de amar hoy lo que odiaban ayer (y viceversa), carentes de conocimientos de la realidad profunda, dispuestos a cualquier bajeza con tal de seguir siendo parte privilegiada de las estructuras que dicen combatir.

La honorabilidad que otrora podía llevar a un hombre público a rechazar un cargo para el que no estaba preparado o a renunciar o cumplir un mandato retornando a la vida ordinaria y sin lujos, ya no existe.

Ni hablar de aquellos que debieron enfrentar la muerte, el destierro o la pobreza por servir a la Patria.

La Argentina grande no puede construirse con funcionarios que, alegremente, arman estructuras salariales para bienestar de ellos y sus amigos, que viven constantemente en "la rosca", y mienten o disimulan la verdad, amparados en el "marketing" y la comodidad.

Si algo bueno puede ocurrir en un futuro, le cabe a los que son conscientes de la magnitud de estos problemas, hacer un firme culto de la honestidad.

  • Jamás sacar ventaja de una situación cotidiana (con testigos o sin ellos), no dejar de señalar aquello que está mal, estar dispuesto a hacerlo y pagar las consecuencias.
  • Unirse con todos aquellos que sean capaces de jugarse por lo honesto, lo noble, lo digno.
  • El mal en los medios de comunicación se nutre de la publicidad. No comprar productos a empresas que apoyen contenidos nocivos, vulgares o violentos. Mandarles mensajes anunciando que no se consumirán sus productos y cumplir.
  • No negociar lo innegociable. Tener convicciones y defenderlas con inteligencia y valor.
  • Observar todos los mensajes que reciben los hijos (escuela incluida) y saber orientarlos en virtudes y sanos criterios.
  • Comprender que la verdadera fe en Dios, la firmeza en los principios y buenos valores hacia la familia, la vida y la patria despiertan más adhesiones en quienes nos rodean que la liviandad, la volatilidad y el desinterés por altos objetivos que otros ejercitan.

El camino seguirá siendo arduo y, tal vez, no se vean los frutos, pero de otro modo nunca los habrá.

La Argentina tiene modelos de excelencia, no hay dudas. Conocerlos, dejarse llevar por ellos, ser dignos de sus enseñanzas y rechazar la vulgaridad, el error y la trampa, puede llevarnos a mejores puertos. Si Dios quiere.


-> Alberto Mora

 
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